Cuestiones que alberga el nexo entre género y transición energética

El nexo entre género y transición energética está tomando cada vez más relevancia en las investigaciones sociales. Podemos preguntarnos, ¿a qué viene tanta insistencia con el género en este contexto concreto?

La insistencia en la inclusión del género en la transición energética se puede explicar por dos factores coincidentes. Por un lado, hay los mandatos sociopolíticos gubernamentales de igualdad de género que están recogidos en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 5 de la Agenda 2030. Por otro, hay la necesidad de desmasculinizar un sector que tradicionalmente ha sido muy masculinizado, es decir, ocupado básicamente por hombres. Pero es que además, el marco de la Agenda 2030 nos plantea el reto de actuar en favor del cumplimento de todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Entre los ODS que más interpelan el nexo entre género y transición energética contamos con la Salud y el Bienestar (ODS 3), el de Energía asequible y no contaminante (ODS 7), la Reducción de las Desigualdades (ODS 10), Ciudades y comunidades sostenibles (ODS 11), Producción y consumo responsables (ODS 12) y, con todo, Alianzas para lograr los objetivos (ODS 17).


A pesar de que la igualdad de las personas ante la ley sea un pilar estructural de las democracias actuales desde la época de la Ilustración, la realidad ha ido mostrándonos que las leyes son insuficientes para lograrla. Por ello se han ido desarrollando leyes específicas que recogen de forma más precisa las situaciones de desigualdad, discriminación, marginación, abuso de poder etc. Y aun así los indicadores de género (otro gran avance) siguen mostrando unas condiciones de vida desiguales según el género y sexo.

Y es que además de los mandatos jurídicos, están los mandatos culturales, los cuales son mucho menos evidentes puesto que forman parte esencial e implícita de nuestra forma de organizarnos y relacionarnos. Así que, por los roles y estereotipos de género, existen unas tendencias muy marcadas que no cambian si no cambian sus causas y que marcan los tipos de actividades y funciones que llevamos a cabo según nos desenvolvamos como hombres o como mujeres. Así es como en el caso concreto del sector de la energía, por su elevada componente tecnológica, entre otras razones, ha sido tradicionalmente muy masculinizado. Solo el 22% de las personas ocupadas en este sector son mujeres. Sin embargo, la participación de las mujeres en el subsector de las energías renovables es algo superior (32%), lo cual nos indica que además de los roles de género tradicionales hay también entornos más inclusivos que otros; según los datos de la International Renewable Energy Agency – IRENA.

En efecto, las sociedades han ido evolucionando, transformándose con ello nuestras formas de organización, uso y preservación de los recursos, las formas de administrar los servicios públicos etc. Un ejemplo de estas transformaciones lo tenemos en las Comunidades Energéticas (CE), pensadas para ser organizaciones de personas que sean productoras y consumidoras a la vez de energía eléctrica renovable. De hecho, podemos considerar que las CE existen desde el principio de los tiempos, por nuestra innata tendencia a compartir esfuerzos y recursos energéticos dentro de un ámbito comunitario, como se hacía por ejemplo, para mantener encendidas las hogueras de biomasa recolectada que irradiaban la luz y el calor tribal.

Como fuentes de producción colectiva de energía renovable, las comunidades energéticas aparecen en los años setenta en países del norte Europa impulsadas por gobiernos locales que apoyaron la creación de organizaciones colectivas que instalaran molinos de viento ante la crisis del petróleo.

En el marco jurídico español, es con el Real Decreto-ley 23/2020, de 23 de junio, por el que se definen las Comunidades de Energías Renovables como “entidades jurídicas basadas en la participación abierta y voluntaria, autónomas y efectivamente controladas por socios o miembros que están situados en las proximidades de los proyectos de energías renovables que sean propiedad de dichas entidades jurídicas y que estas hayan desarrollado, cuyos socios o miembros sean personas físicas, PYMES o autoridades locales, incluidos los municipios y cuya finalidad primordial sea proporcionar beneficios medioambientales, económicos o sociales a sus socios o miembros o a las zonas locales donde operan, en lugar de ganancias financieras.”

Llegados hasta aquí, nos podríamos preguntar, pero ¿por qué necesitamos más mujeres en el sector energético?

Una mayor participación de las mujeres en las CE es necesaria por tres razones:

  • porque hace tiempo que sabemos que la exclusión no nos enriquece como sociedad;
  • porque incluir a las personas que representan roles de cuidados nos convierte en sociedades más sostenibles, no solo ambientalmente sino también socialmente, lo cual es necesario para la reducción de las desigualdades;
  • porque las mujeres seguimos desempeñando un rol activo en las elecciones de consumo doméstico y el rol de los cuidados incluye decisiones dirigidas a la salvaguarda de la salud y el bienestar de la familia y de la comunidad.

Y, sobre todo, nos podríamos preguntar: ¿Cómo conseguimos una mayor participación de las mujeres en las CE?

Por ahora no hay cuotas legales establecidas para que exista una participación paritaria en las CE, de modo que es la concienciación social de las personas impulsoras de las CE y de las instituciones que las promueven de los que depende básicamente que las mujeres sientan que sí tienen un lugar a ocupar en estos entornos.

Desde el proyecto de investigación STEP, Innovación Socio-Territorial para la Transición Energética en la Península Ibérica, estamos estudiando con detalle los factores que son facilitadores y los que son barreras para la participación de las mujeres en las CE. Los resultados servirán para asesorar políticas de apoyo a la participación de las mujeres en estos nuevos marcos que no solo tratan de impulsar las energías renovables sino también de lograr comunidades más soberanas, justas e igualitarias.